Misterio resuelto. Microsoft ha dado a conocer, ahora sí, los precios que tendrán las distintas ediciones de Windows 7 que va a poner a la venta el próximo 22 de octubre y hay sorpresas:
Actualización desde Windows Vista:
Sistema operativo completo:
Las versiones Home Premium y Ultimate de Windows 7 serán menos caras que sus homónimas de Vista, mientras que Windows 7 Professional costará lo mismo que Windows Vista Bussiness. Un punto a favor de Microsoft, qué duda cabe. Y es que se temía que Windows 7 fuera a ser aún más caro que Vista.
Así al menos lo creía Darrel Ward, uno de los máximos ejecutivos de Dell y, por tanto, una persona que en teoría disponía de información privilegiada acerca del futuro lanzamiento de este sistema operativo, quien el mes pasado realizó unas duras declaraciones contra Microsoft quejándose del precio que iba a tener y criticando que fuera a costar más que su antecesor.
Afortunadamente, estaba equivocado. No es que vaya a ser una ganga, y desde luego su precio seguirá estando fuera del alcance de muchos potenciales compradores, pero convendréis conmigo que una rebaja en un producto de este tipo siempre es una buena noticia. Ah, por cierto, Windows 7 será bastante más caro en Europa que en Estados Unidos 
Un tipo está trabajando con su MacBook cuando… el montaje es realmente espectacular:
Visto en French Guy Discovers Hidden Feature in The New Mac Books!.
El fabricante británico Cello Electronics ha dado a conocer que en sólo unos días va a poner a la venta un televisor HD llamado PVR Freeview TV que, y aquí viene lo bueno, dispone de 2 sintonizadores y 2 ranuras para tarjetas SD, de tal manera que puede grabar 2 canales a la vez y mostrarlos al mismo tiempo en modo de pantalla partida.
Es, o eso afirman, el primer TV de alta definición con esta capacidad y estará disponible en 3 variantes diferentes: una de 22 pulgadas, otra de 26 y la mayor de 32. Todas incluyen un reproductor de DVD integrado, ofrecen una resolución máxima de «sólo» 1.440 x 900 píxeles y, eso sí, no disponen de conector HDMI.
A falta de conocer más detalles acerca de sus características técnicas, la gama de precios es bastante atractiva. El televisor de 26 pulgadas se podrá adquirir por 399 libras (465 euros al cambio actual), mientras que el de 32 pulgadas saldrá por 469,99 libras (548 euros).
Desconozco el motivo por el que otras compañías no incluyen todavía ranuras para tarjetas SD o microSD en sus receptores, pero lo cierto es que me parece un paso adelante muy significativo. Tener la posibilidad de grabar una película, serie o documental que estén dando en la tele sabiendo que, de inmediato, podrás extraer la tarjeta y verlo en el móvil o el portátil debe ser un gozada.
Supongo, y es mucho suponer a tenor de los pocos datos técnicos que se han facilitado, que este modelo también permitirá realizar el proceso inverso: esto es, introducir una tarjeta con fotografías o vídeos que hayamos tomado, por ejemplo, con nuestra cámara de fotos y verlas directamente en el televisor.
En todo caso, para confirmar estos y otros puntos habrá que esperar unos días hasta que Cello facilite más información o los primeros compradores muestren su opinión en blogs, wikis y foros.
Espero que en esta ocasión nadie se sienta molesto por la imagen… que evidentemente ha sido ‘photoshopeada’ -¿o debería decir ‘GIMPeada‘?- a conciencia 
La casualidad quiso que el 12 de junio, la órbita de la Estación Espacial Internacional pasara por encima de la isla rusa de Matua, en el archipiélago de las Kuriles, instantes después de que el estratovolcán Sarychev entrara en erupción. Las imágenes que fueron tomando los astronautas desde 350 Km de altura son impresionantes:


A principios de la década de 1960, el gobierno estadounidense puso en marcha un ambicioso proyecto encaminado a desarrollar una tecnología que permitiera sacar provecho de las enormes explosiones que generan las armas nucleares para facilitar así la construcción de obras civiles de gran envergadura. Al plan se le conoció con el nombre de Operación Plowshare.
Durante unos años, creyeron que podrían utilizar bombas atómicas para ampliar el Canal de Panamá, abrir caminos en zonas montañosas con el objeto de construir carreteras, interconectar acuíferos cercanos o incluso crear cuevas subterráneas en las que almacenar agua, gas natural o petróleo.
Una de las primeras propuestas que se puso encima de la mesa fue la creación de un puerto artificial en el Cabo Thompson (Alaska) mediante el uso de varias bombas de hidrógeno. El Proyecto Chariot, que es como bautizaron al plan, fue finalmente cancelado debido a las quejas de la población autóctona, temerosa ante las consecuencias que podía tener sobre sus vidas una explosión atómica, y a que implicaba un enorme gasto en una infraestructura de dudosa rentabilidad económica.
Años después, las miras se pusieron en el Yucca Flat, un enclavamiento desértico situado en el condado de Nye (Nevada) que desde 1951 venía utilizando el Departamento de Energía estadounidense para llevar a cabo pruebas nucleares, y finalmente el 6 de julio de 1962 se hizo explosionar allí una bomba de 104 kilotones. Fue el conocido como test Sedan.
La deflagración desplazó más de 12 millones de toneladas de tierra, oscureció el cielo en un radio de 8 kilómetros, generó ondas sísmicas equivalentes a un terremoto de 4,75 grados en la escala Richter y creó un cráter de 390 metros de anchura y 98 de profundidad, el mayor que ha provocado jamás una explosión nuclear.
Sus consecuencias, además, fueron funestas dado que la lluvia radiactiva afectó a más ciudadanos que ninguna otra prueba realizada en suelo estadounidense. En Iowa, Nebraska, Dakota del Sur e Illinois se detectaron días después niveles de contaminación peligrosos. En total, se calcula que más de 13 millones de ciudadanos de Estados Unidos, casi el 7% de su población por aquél entonces, se vieron expuestos a los peligros de la radiación nuclear.

Casi medio siglo después, el cráter Sedan es visitado anualmente por 10.000 visitantes y, como curiosidad, cabe destacar que fue utilizado por los astronautas del Apolo 14 antes de partir a la Luna. La desolación que lo rodea hizo de él un lugar idóneo para simular parcialmente las condiciones que se encontrarían al llegar al satélite.
Aunque hoy parezca difícil de creer, a mediados del siglo XX todavía había muchos científicos que defendían fervientemente que los océanos eran tan grandes que podían absorber y diluir la contaminación que generábamos los humanos y que, ya entonces, se vertía de manera descontrolada.
En aquellos años, la preocupación medioambiental era un tema menor que no merecía la atención de prensa, radio y televisión. Hubo que esperar hasta finales de los ’60, con las mareas negras y las subsiguientes tragedias en la vida marina que provocaron los hundimientos de los petroleros Torrey Canyon y Santa Barbara, para que los medios internacionales alertaran a la opinión pública del daño que estábamos causando en los océanos.
Ya en 1972, las Naciones Unidas impulsaron la firma de la Convención de Londres, que aunque no prohibía la contaminación marina, sí que estableció por primera vez una lista de sustancias, entre las que se encontraban los desechos radiactivos y compuestos como el cianuro, que no debían ser arrojadas descontroladamente a los océanos.
Los firmantes, asimismo, incorporaron una lista gris de elementos que, aunque no prohibieron, sí que dictaminaron que debían ser regulados y controlados por las autoridades de cada país. La normativa, que sólo era aplicable a los desechos procedentes de los barcos y no hacía mención alguna a las tuberías que lanzaban alegremente sus vertidos a los mares, no entró en vigor hasta 1975.
Más de 30 años han transcurrido desde entonces, pero la situación de los mares no ha hecho sino empeorar. El aumento de la población, la falta de una legislación global estricta, clara y severa que persiga y castigue a las empresas infractoras, el número creciente de países industrializados, la polución de los ríos, los vertidos de los barcos, las aguas fecales, los millones y millones de toneladas de plásticos que lanzamos despreocupadamente a los mares y que acaban con la vida de un sinfín de animales o el uso y abuso de pesticidas, DDTs, dioxinas y metales pesados son todas ellas causas de primer orden que explican el paulatino deterioramiento de las condiciones en los océanos.
Uno de los ejemplos más claros de las consecuencias que están ocasionando los vertidos incontrolados en los océanos sobre los ecosistemas marinos lo descubrió casualmente el oceanógrafo estadounidense Charles Moore en 1997 mientras se encontraba inmerso en una expedición científica entre Los Ángeles y Hawai.
En el transcurso del viaje, localizó una gran mancha de basura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Tras estudiarla, advirtió que sus dimensiones eran colosales. Actualmente se calcula que es 2 veces más grande que la extensión de un país como España y, lo que es peor, continúa creciendo a un ritmo muy rápido.

La ‘sopa de plástico’, como la bautizó Moore, está formada por unos 6 millones de toneladas de desperdicios que no sólo están desperdigados por la superficie del océano sino que, en algunos casos, llegan a encontrarse hasta a 30 metros de profundidad.
Hay cepillos de dientes, envases de champú, plumas estilográficas y multitud de enseres personales, aunque la mayor parte de la basura está compuesta por pequeños trozos de plástico que el efecto continuado del sol y el agua han ido conformando a partir de objetos de mayor tamaño.

¿Estamos a tiempo de revertir la situación actual de las cosas? Desde luego, pero no va a ser un camino fácil ni rápido. Dado que la población no para de aumentar, y eso es algo contra lo que poco podemos hacer, no queda otra que apostar por las políticas, las prácticas y las actitudes ecológicas. Si no lo hacemos, será el propio planeta el que en último término, al ser incapaz de proporcionarnos los alimentos necesarios para sostener a los miles de millones de personas que lo habitamos, nos ponga en nuestro lugar.
Es un objetivo ambicioso pero factible. Aunque precisa de un cambio de mentalidad generalizada. Y es que, actualmente, cuando los telediarios abren con la enésima catástrofe acaecida en cualquier rincón del planeta, tendemos a dirigir nuestras miradas inquisidoras a los petroleros que se han visto envueltos en el desastre de turno o, en última instancia, maldecimos a los políticos por su inacción continua y la permisividad que muestran hacia las banderas de conveniencia.

Es comprensible. Pero no estaría de más que nos preguntáramos si no somos nosotros los culpables últimos de la situación en la que nos encontramos. Porque quizás, y sólo quizás, si entonáramos un mea culpa de vez en cuando, nos uniéramos e hiciéramos saber a nuestros representantes de manera inequívoca que deben trabajar, ahora sí, por la conservación del medio ambiente, las cosas cambiarían.
Si el vídeo que os he puesto en la entrada anterior ya era extremadamente friki, éste es… no tengo palabras, mejor os dejo que lo califiquéis vosotros mismos: ¡la Marcha Imperial de Star Wars interpretada con una disquetera!
Gracias por el enlace David