
En el Condado de Nye, a sólo 105 km al noroeste de la ciudad de Las Vegas, se halla el Emplazamiento de pruebas de Nevada, una reserva de 3.500 km2 de desierto y terreno montañoso en la que desde 1951 el Departamento de Energía de Estados Unidos ha venido realizando ensayos con armas atómicas de manera periódica.
Se estima que en los más de 60 años transcurridos desde que el 27 de enero de 1951 el ejército norteamericano detonase una bomba nuclear de 1 kilotón, se han llevado a cabo más de 900 tests con armamento atómico en esta zona, 828 de los cuales han sido subterráneos.

Sus kilométricas playas trufadas de palmeras, aguas cristalinas repletas de vida submarina, fondos coralinos y laguna interior confieren al Atolón Bikini un aspecto idílico. Tanto que la UNESCO ha inscrito a este enclave de Micronesia conformado por 23 pequeñas islas como Patrimonio de la Humanidad. Pero a pesar de sus innegables atributos y gran belleza natural, permanece deshabitado desde 1946.
Las altas dosis de radioactividad ambiental imposibilitan que nadie viva allí. Un estudio realizado por el Organismo Internacional de Energía Atómica establece que residir en el atolón y consumir fruta y pescado de sus costas implicaría la absorción de dosis de 15 mSv al año, 6 veces más de lo que se considera saludable.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el bombardero estadounidense Enola Gay dejó caer sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba atómica utilizada contra población civil de la historia. Armada con 64 kilogramos de uranio-235, hizo explosión 43 segundos más tarde a 600 metros de altura liberando una energía equivalente a 16 kilotones de TNT.
Entre 70.000 y 80.000 de las 255.000 personas que se estima que por aquel entonces vivían en la población japonesa murieron en cuestión de segundos debido a la virulencia de la deflagración y a la tormenta de fuego que se desató a continuación. No fue el caso de Tsutomu Yamaguchi, el protagonista de nuestra historia de hoy.

A sus 76 años de edad, James Harrison puede caminar tranquilamente por las calles de su Australia natal sin que nadie le reconozca, le solicite hacerse una fotografía en su compañía o quiera un autógrafo de su puño y letra. A diferencia de lo que le sucede a artistas y deportistas famosos, él es una persona anónima cuyo día a a día transcurre de manera apacible a pesar de que en su haber cuenta con una proeza única: haber salvado la vida de más de 2 millones de bebés.
Nacido en 1936, a los 13 años de edad fue sometido a una operación en la que necesitó 13 litros de sangre. El proceso de recuperación se extendió durante 3 meses, pasados los cuales, y tras constatar que había salvado su vida gracias a la sangre que había recibido, prometió que se convertiría en donante una vez cumpliera los 18 años.

Todos los años, el naturalista y cofundador de la organización The Great Whale Conservancy Michael Fishback pasa la temporada invernal en el Mar de Cortés fotografiando y estudiando el comportamiento de las ballenas azules, los rorcuales comunes y las ballenas jorobadas (o yubartas) que en esa época pueblan sus aguas.
Durante esos meses su día a día consiste en observar el comportamiento de estos magníficos animales en libertad y en documentar cuanto sucede ante sus ojos. Pero el día de San Valentín del 2011 ocurrió un hecho excepcional, uno de esos sucesos inesperados que quedan grabados para siempre en las memorias de los afortunados que tienen la oportunidad de vivirlos.
Acompañado de su mujer e hijos, partió a navegar a bordo de una pequeña embarcación por las tranquilas aguas del Golfo de California cuando, de manera inesperada, divisó el cuerpo aparentemente inerte de un ejemplar de ballena jorobada que sobresalía ligeramente sobre la superficie del agua.

El 16 de noviembre de 1959, el piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos Joseph Kittinger ascendió con la ayuda de un globo aerostático a bordo de una góndola abierta hasta 23.300 metros de altitud. Instantes después se lanzó al vacío en el que era el primer ensayo del Proyecto Excelsior que el Laboratorio de Investigación Médica Aeroespacial de la base aérea de Wright-Patterson había puesto en marcha para investigar los saltos extremos a altitudes de decenas de miles de metros.
El salto estuvo a punto de acabar en tragedia cuando el funcionamiento defectuoso del equipo que llevaba consigo propició que entrara en barrena, su cuerpo se volteara a una velocidad de rotación cercana a las 120 rpm y tuviera que hacer frente a fuerzas de 22G. Como consecuencia perdió la consciencia y sólo el accionamiento automático del paracaídas de emergencia le salvó la vida.

El 16 de julio de 1945, a las 05:29:45 de la mañana hora local, el ejército estadounidense hizo explotar en el desierto Jornada del Muerto a Trinity, la primera bomba nuclear de la historia. 16 milisegundos más tarde, apenas un suspiro después, esta extraordinaria fotografía captó la monstruosa bola de fuego de 200 metros de anchura que creó la deflagración.

Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas es, sin lugar a dudas, una de las novelas infantiles más populares del último siglo. Publicada en 1865 por Charles Lutwidge Dodgson bajo el seudónimo de Lewis Carroll, ha sido traducida a 97 idiomas y en los casi 150 años que han transcurrido desde que fuera impresa por primera vez siempre ha habido versiones a la venta.
El mundo mágico habitado por personajes inolvidables como la Reina de Corazones, el Sombrerero o el Gato de Cheshire en el que se desarrolla la historia ha sido llevado al cine, los videojuegos y al teatro. Su trama ha servido de inspiración para series de dibujos animados, canciones, videoclips de artistas como Bob Dylan, los Beatles, Gwen Stefani o Aerosmith, animes, exposiciones que recorren museos e incluso para ilustraciones realizadas por pintores universales como Salvador Dalí.

La mañana del 29 de abril de 1961 debía ser una jornada más de trabajo para Leonid Ivanovich Rogozov, un cirujano ruso de 27 años que desde principios de año se encontraba destinado en la Base Novolazarevskaya como miembro de la sexta Expedición Antártica Soviética, pero al poco de levantarse comprendió que ese no sería un día cualquiera.
Desde primeras horas empezó a sentir debilidad general, náuseas, fiebre y, poco más tarde, un fuerte dolor en la parte inferior derecha del abdomen. Los tratamientos conservadores que siguió el resto del día no tuvieron el efecto deseado y su cuadro general, lejos de mejorar, empeoró considerablemente.

A principios del año 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, los mandos del ejército estadounidense comenzaron a plantearse la posibilidad de desplegar tropas en territorio enemigo de manera rápida y efectiva mediante unidades de paracaidistas.
El problema era que en aquellos tiempos sus soldados no disponían de los conocimientos requeridos para realizar saltos de tal envergadura, por lo que escogieron una sección compuesta por 50 miembros y los sometieron a un plan de entrenamiento específico en Fort Benning, una instalación militar situada en la ciudad de Columbus.
Tras pasarse buena parte del verano llevando a cabo agotadoras sesiones de prácticas, los oficiales determinaron que los chicos ya estaban preparados y era el momento de que realizaran un salto conjunto similar a los que llegado el caso deberían hacer en Europa para combatir a los nazis.
Estaban en pleno mes de agosto y, para calmar los nervios, la noche anterior los soldados acudieron a un cine cercano con aire acondicionado en el que la casualidad quiso que pasaran la película Gerónimo, cuya trama giraba en torno a la vida del jefe de la tribu de los Apache del mismo nombre.

Una vez finalizado el pase, y ya de camino al cuartel, fue inevitable que uno de los temas de conversación fuera el ejercicio que deberían realizar al día siguiente. Ante las dudas y temores de la mayoría, un soldado raso llamado Aubrey Eberhardt tomó la palabra y, probablemente envalentonado por las cervezas que había tomado, aseguró que para él se trataba de un salto más que no difería lo más mínimo de los que había venido realizando las semanas anteriores en los entrenamientos.
En un tono jocoso, sus compañeros le replicaron que no creían una palabra de lo que decía y que llegado el momento sentiría tanto miedo que no se acordaría ni de su propio nombre. Herido en su orgullo, Eberhardt respondió lo siguiente:
-"¡De acuerdo, maldita sea! ¡Os voy a decir lo que voy a hacer! Para probar que no estoy cagado de miedo, voy a gritar '¡Gerónimo!' jodidamente fuerte cuando mañana salga por esa puerta (refiriéndose a la del avión)."
Al día siguiente, y para sorpresa de muchos, mantuvo su promesa y cuando le llegó el turno para tirarse en paracaídas gritó bien fuerte '¡Gerónimo!' de manera que todos le oyeron. Su osadía creó escuela y, rápidamente, el resto de miembros de la sección adoptaron ese grito de guerra cuando realizaban un salto.
La moda se extendió como la pólvora entre las sucesivas promociones que fueron saliendo y, un año más tarde, el primer oficial del 501º División de las Fuerzas Aerotransportadas, convirtió el término 'Gerónimo' en el lema oficial de las unidades de paracaidistas tras solicitar permiso a los descendientes del famoso líder tribal y obtener su visto bueno.