
Un grupo de científicos alemanes e italianos han analizado los restos de Ötzi, la momia de un hombre de hace 5.300 años que fue descubierta casualmente en 1991 por unos turistas alemanes en Los Alpes, y han conseguido aislar las que se considera que son las trazas de sangre más antiguas que se han hallado jamás de un ser humano.
Para lograrlo han utilizado un microscopio de fuerza atómica y han examinado secciones de tejidos procedentes de una laceración en su mano derecha y de una herida de flecha que le perforó el pulmón izquierdo y que se cree que le causó la muerte por hemorragia.
El profesor Albert Zink, que ha encabezado este estudio en el que han participado investigadores de la Academia Europea de Bolzano, la Universidad Técnica de Darmstadt y el Centro de Nanociencias de Múnich, ha explicado que han escaneado la superficie de los tejidos mediante una sonda de unas dimensiones extremadamente pequeñas.
A medida que exploraban los tejidos, los sensores del microscopio medían cualquier miníscula desviación de la sonda, línea por línea, punto por punto, lo que les ha permitido conseguir una imagen tridimensional del conjunto.
Zink ha manifestado que han encontrado glóbulos rojos de forma oval, bicóncava, aplanada, con una depresión en el centro, propios de las personas sanas de hoy en día y considera que la técnica que han empleado con Ötzi se podría aplicar también en las momias egipcias.
Estos resultados se unen a los que desveló a principios de año la secuenciación genómica a la que fue sometido este hombre de la Edad de Cobre, merced a la cual se pudo comprobar que tenía predisposición a enfermedades cardiovasculares y era intolerante a la lactosa, algo por otra parte común entre las sociedades agrarias de la época.

En 1946, los editores de la publicación científica Science Illustrated se pusieron en contacto con Albert Einstein y le solicitaron que escribiera un artículo en el que explicara el proceso que había seguido para formular la ecuación E=mc2, que describe la relación entre la energía (E), la masa (m) y la velocidad de la luz (c).
La ecuación deriva de la teoría de la relatividad especial e implica que la energía liberada cuando una cierta cantidad de masa m es desintegrada es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz. Es decir, que una pequeña cantidad de materia puede convertirse en una enorme suma de energía.
Después de que Estados Unidos lanzara las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial, esta fórmula se convirtió para mucha gente de la época en sinónimo de la era nuclear, por lo que el físico alemán de origen judío aprovechó este artículo, que tituló El problema más urgente de nuestro tiempo, para mostrar su apoyo al movimiento en favor del desarme nuclear.

Científicos de la Universidad de Rochester y de la Universidad Estatal de Carolina del Norte han conseguido enviar por primera vez un mensaje utilizando un haz de neutrinos, unas partículas subatómicas sin carga, con una masa extremadamente pequeña, equivalente a una milmillonésima parte de la de un átomo de hidrógeno, y que se desplazan a una velocidad cercana a la de la luz.
La prueba se ha realizado en las instalaciones que el Laboratorio Nacional Fermi tiene a las afueras de la localidad de Batavia, cerca de Chicago. El mensaje, que se ha enviado en código binario utilizando 1s y 0s, ha atravesado 240 metros de piedra y tras llegar a su destino ha sido traducido por un ordenador que ha constatado que la palabra que se quería transmitir, neutrino, se ha recibido correctamente.
En el Fermilab los científicos han tenido acceso al acelerador de partículas Tevatrón, el segundo mayor del mundo tras el Gran Colisionador de Hadrones, y han podido crear un haz de neutrinos de alta intensidad acelerando protones alrededor de su anillo de 6,3 kilómetros de circunferencia para hacerlos chocar finalmente contra una lámina de carbono.
Dan Stancil, profesor de ingeniería informática en la Universidad de Carolina del Norte y uno de los autores del estudio, ha explicado que con los neutrinos sería posible comunicar dos puntos cualesquiera de la Tierra sin tener que recurrir a satélites, puesto que estas partículas, a diferencia de las ondas electromagnéticas, pueden atravesar la materia sin interactuar apenas con ella.
De hecho, se calcula que se necesitaría un bloque de plomo de una longitud de 9,46 billones de kilómetros para detener la mitad de los neutrinos que lo atravesaran. Tan es así que, teóricamente, una vez esta tecnología alcance un mayor grado de madurez podremos comunicarnos con alguien situado en la cara oculta de la Luna o de otro planeta, puesto que los mensajes que enviaremos podrán llegar directamente a su destinatario sin impedimento alguno.
Las posibilidades son inmensas, pero conviene remarcar que aún serán necesarios muchos años de intenso trabajo antes de conseguir integrar estos avances en dispositivos que puedan ser utilizados más allá de instalaciones con un coste multimillonario como el Fermilab.

A primera vista, la estampa que se observa en la fotografía guarda cierta semejanza con una garganta profunda excavada en la roca durante miles y miles de años por el cauce de algún río como sucede en el Gran Cañón del Colorado, pero nada más lejos de la realidad.
Lo que estás contemplando es una minúscula grieta de tan sólo 30 micrometros (3x10-5 metros) en una lámina de acero que ha sido capturada con la ayuda de un microscopio electrónico por la investigadora Martina Dienstleder en el Austrian Center for Electron Microscopy and Nanoanalysis.
Esta imagen le ha valido el primer premio de la última edición del FEI Owner Image Contest, un galardón que organiza anualmente esta compañía especializada en la producción y distribución de instrumentos ópticos de gran precisión. Cabe señalar, eso sí, que la fotografía ha sido coloreada para dotarla de un aspecto similar al de un paisaje desértico dado que las instantáneas que ofrecen los microscopios electrónicos son en blanco y negro.

En octubre del año pasado, científicos de la NASA descubrieron una enorme grieta de 25 kilómetros de longitud, 55 metros de anchura y 45 metros de profundidad en el glaciar de la Isla de los Pinos, que se encuentra situado en el oeste de la Antártida y que según un estudio realizado por investigadores británicos se está derritiendo a un promedio de 16 metros por año.
Ante la magnitud del hallazgo, enviaron un avión para que sobrevolara la zona y, con la ayuda adicional que les proporcionó el Radiómetro Avanzado de Emisión Térmica y Reflexión Espacial (ASTER), realizaron un mapeado tridimensional de la gigantesca endidura y comenzaron a elaborar una versión digital recreada por ordenador de la misma. He aquí el resultado de su trabajo:
Los científicos de la agencia estadounidense creen que si la grieta continúa extendiéndose de punta a punta del glaciar podría llegar a dar lugar al nacimiento de un nuevo y gigantesco iceberg con una superficie aproximada de 900 kilómetros2.
Por cierto: ¿el vídeo no os ha recordado a la mítica escena final de La Guerra de las Galaxias en la que Luke Skywalker se adentra con su nave en la Estrella de la Muerte y la destruye de un disparo que se cuela por la escotilla de ventilación que comunica con el sistema de reactores? 
Los linfocitos T citotóxicos son unas células pertenecientes al grupo de los leucocitos que protegen nuestro cuerpo de agentes patógenos, neutralizando células infectadas por virus mediante ataques en los que inyectan enzimas tóxicas y provocan la apoptosis. Alex Ritter, un estudiante de doctorado del Campus de Biomedicina de la Universidad de Cambridge, ha conseguido capturar en vídeo el momento preciso en el que destruyen una célula cancerosa sin afectar al resto de células vecinas no infectadas:
Profesores de la Escuela Universitaria de Londres, una de las instituciones académicas de educación superior más antiguas y prestigiosas del Reino Unido junto con Oxford y Cambridge, han mostrado su preocupación porque un número cada vez mayor de estudiantes de biología musulmanes se niegan a estudiar la teoría de la evolución de Charles Darwin.
Dichos alumnos arguyen que la famosa obra del naturalista inglés entra en conflicto con las ideas creacionistas recogidas en el Corán, según las cuales tanto la Tierra como las especies que habitan en ella fueron creadas por Alá.
Steve Jones, profesor emérito de genética humana de esta reconocida universidad, considerada como la 17ª mejor del mundo y la 5ª de Europa según el ránking anual que elabora THE, señala que años atrás vivieron situaciones similares con estudiantes procedentes de entornos cristianos fundamentalistas, pero que ahora la problemática está yendo a más con los jóvenes que practican la religión musulmana.
Estos chicos no acuden a las clases en las que se estudia la teoría de la evolución o si lo hacen se quejan del temario y aducen que no deberían tener que aprender este tipo de materias. Rechazan la idea de que sea un proceso de selección natural de millones de años el que haya dado lugar a las especies actuales, incluida por supuesto el ser humano.
Una postura ridícula teniendo en cuenta la carrera que cursan, puesto que si no creen en la evolución, ¿qué demonios hacen entonces estudiando biología? 
Cuando se acerca un imán a un superconductor que previamente ha sido enfriado por debajo de su temperatura de transición hasta hacer su resistividad nula, se induce una corriente eléctrica que crea un campo magnético opuesto al del imán. Dado que el superconductor no ofrece resistencia eléctrica, la corriente inducida fluye y crea una fuerza de repulsión que contrarresta el peso del imán y lo mantiene suspendido en el aire.
Este principio que os acabo de explicar a grandes rasgos ha sido aplicado por unos investigadores de la Universidad de París VII Denis Diderot, que han conseguido montarse sobre una tabla que recuerda a los monopatines que salían en la película Regreso al Futuro II y levitar tras enfriar un superconductor con nitrógeno líquido:
En el vídeo, un neutrófilo, un tipo de glóbulo blanco que mide de 12 a 18 μm, persigue a un estafilococo áureo, una bacteria que puede producir enfermedades que van desde las infecciones cutáneas y de las mucosas hasta celulitis, meningitis o incluso neumonía, hasta que lo atrapa.

Aunque por su aspecto parece más bien un monstruo surgido de la imaginación del departamento de efectos especiales de alguna película de ciencia ficción o de terror de Hollywood, lo cierto es que este bicho existe.
Eso sí, que nadie se espante, porque afortunadamente para la raza humana y para el resto de seres vivos que habitan el planeta Tierra, su tamaño es minúsculo. Tanto que la imagen que encabeza este artículo ha sido ampliada hasta 525 veces con la ayuda de un microscopio electrónico.
El animal en cuestión es un gusano que habita en los respiradores hidrotermales volcánicos de las profundidades oceánicas. Este tipo de invertebrados marinos toleran temperaturas altísimas de varios cientos de grados centígrados, pueden vivir más de 200 años y la energía no la obtienen de la luz, sino del sulfuro que surge de las chimeneas.

Introduce tu correo electrónico y recibirás los artículos de Abadía en tu bandeja de entrada: